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Alejandro Jodorowsky: El dedo y la luna: un lenguaje para el alma

“Todo acontecimiento es una oportunidad”

Proverbio budista

Hay lenguaje para el intelecto, y lenguaje para el alma. He aquí una sentencia para meditar. Hay voces que nos hablan desde la intelectualidad, y voces que nos convocan desde las emociones, desde el corazón, desde el alma, desde la conciencia. Alejandro Jodorowsky, escribe para despertar, para remecer, para impulsarnos a ser nosotros mismos, para dar la gran batalla por ser uno mismo, para iniciarnos en el camino infinito del descubrimiento del propio yo, por descubrir que nos define, al margen de lo que todos esperan de nosotros, la familia, la sociedad, la historia.

Intentar presentarle, sin caer en un horroroso diletantismo, es precisamente la más difícil de las tareas. ¿Cómo hacerlo, pues,  sin caer en los lugares comunes que probablemente él mismo rehuiría?, le doy vueltas y más vueltas, sin acabar de convencerme, y sin embargo, se hace necesario, desde este espacio temible de la palabra, reconocerle primeramente como lo que en apariencia, y pongan atención, en apariencia, es este artífice de la psicomagia.

Alejandro Jodorowsky Prullansky vino al mundo en la ciudad de Tocopilla, un 17 de febrero el año de 1929, de ascendientes judío ucranianos, terminó nacionalizándose francés el año de 1980.  Es escritor (novelista, dramaturgo, poeta y ensayista), director teatral, director de cine de culto (El Topo o Santa Sangre), guionista de cine, actor, mimo, marionetista, compositor de bandas sonoras, escultor, pintor y escenógrafo en cine, guionista de cómics, dibujante, tarotólogo, psicoterapeuta y psicomago. Ha creado dos técnicas terapéuticas que han revolucionado la psicoterapia en numerosos países, la psicomagia y la psicogenealogia.  Prolífico y caleidoscópico, inquietante y transgresor, surrealista y esotérico, este artista chileno-francés parece no conocer de límites creativos, arquetipo de un ser humano polifacético.

Iniciarse en su lectura-mundo creativo, y camino de sanación espiritual, es sin duda, lo más atrevido que he hecho últimamente, y me animo a expresar en la latitud estrecha de la palabra, que nada ha sido más estimulante que haber tomado este riesgo.

Como nos acercamos a un autor, configura inevitablemente lo que encontraremos. ¿Qué buscamos, qué esperamos solucionar, qué respuestas queremos hallar, qué interrogantes son las que nos afanan? Podemos abrir un libro de Terry Eagleton, y claramente nuestros requerimientos serán completamente diversos, intelectuales, por cierto, que si abrimos uno de Neruda, o de Shakespeare. ¿Qué nos impulsa, a elegir lo uno o lo otro, en un momento determinado, en un presente cualquiera?

Yo elegí leer a Jodorowsky, por un impulso emocional, guiada por fuerzas colectivas, y también, como si una voz suave pero persistente del espíritu me insinuara que su lectura era lo que yo aspiraba a respirar en el aquí, y en el ahora. Acaso antes, no estuviera preparada, acaso no me urgiera, acaso nunca medité sobre estas necesidades, abstraída, ausente de mi misma, me dejé llevar y abrí mi intelecto, primeramente, para recibir como un relámpago, que ciega inicialmente, y luego ilumina por un instante, recónditas incógnitas de mi conciencia, de mi alma.



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