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ALLÍ ESTUVO EL BI.

Pasó todo tan rápido; el pase, la cabeza, el despegue y estirón de brazo para masajear la pelota con los tres dedos, y empujarla por encima del horizontal. Era la euforia para ellos y la cripta para nosotros. Esa entraba y allí nomás nos perdíamos. Hubiera sido imposible quebrar su defensa si ésa entraba. Rápidamente sería -al ponerse uno por debajo- adelantar las líneas, buscar por los laterales, sacando fuerzas de voluntad para oxigenar los fatigados músculos y lanzarse “a morir”. Eso hubiese dejado los espacios adecuados para que, ellos, aprovechándose de nuestra desesperación y descontrol, pudieran meternos el segundo a contrataque. Pero no, no pasó así, y esa mano del portero la arrojó fuera del horizontal. ¡Juro que allí perdíamos!

Allí, si perdíamos, volvíamos, de sopetón, de un cachetazo, como de costumbre, de un golazo en contra, esta vez sin una metida de pata nuestra, por un acierto de ellos; gol que hubiese sido golazo.

Allí, si perdíamos, volvíamos a saborear la marraqueta con desgano, con una risa farsante, el café nos hubiese quemado el hocico por no prestarle atención, recordando la jugada queriendo volver a verla, en el momento, y ver al Bravo sacarla, para luego ver el milagro de la segunda copa.

Allí, si perdíamos, nos volveríamos a centrar, con enojo, enfado, seguros que molestos y un tanto impotentes, en saber cuántas leyes se aprobaron en el Parlamento para volvernos a joder la existencia.

Allí, si perdíamos, deberíamos consolar nuestras ganas de “Bi” con una pichanguita bien corrida, para comprobar, de facto, cómo tienen que correr los muchachos de La Roja todos los días para que, cuando dejen de ser valiosos para el capital, unos pocos años pasado los treinta, dejen de ser considerados objetos y mercancías, y puedan volver a su vida, no ya como unos cabros preocupados de todo, sino como unos ricachones que, de tanto en tanto, se mandan tremendos cagazos por excesos de excesos de bienes. Seguro se la perdonaremos.

Pero allí no perdimos, allí Bravo la sacó de milagro, allí el portero confirmó su altura deportiva y llegó a empujarla por arriba. Y, cuando la sacó, cuando se colaba, allí ganamos. ¿Y los penales? Un trámite para reafirmar que ya habíamos ganado: en los guantes de Bravo, primero, y en las pezuñas de El Gato, después. Allí salimos “Bi”.



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