Alquimias-modernas

Alquimias Modernas

Hace aproximadamente 20 años dejé Calama para venirme a la capital de la región a vivir y aquí en Antofagasta he desarrollado mi vida con altos y bajos.

I - Daniela LópezEn Calama viví 5 años, de los 5 a los 10, ahora a mi edad, media década se ve tan pequeña, pero en mi vivencia de ese entonces era algo eterno y maravilloso. Es por ello que lo recuerdo con tanta alegría y a la vez nostalgia. Recuerdo los amigos del barrio, las colas del diablo que se formaban en los sitios eriazos, los cuales le llamábamos “pampa”, el aullido del viento que trae los silbidos de salitrera, las aventuras del colegio Juan Pablo II y sus leyendas de haber sido construido bajo un cementerio indígena, así como todos los demás establecimientos en los cuales después transité (entre nos, este colegio entre todos era el más creíble de que sus cimientos estaban sobre cadáveres atacameños). Así también recuerdo cuando me caí al río  por despistado en el Parque El Loa, su gran represa que contenía sus aguas y aun así rebosaba y seguía hacia el otro lado llenando de vegetación el desierto. También recuerdo las miles de veces que me bañé en sus aguas en distintos lugares de Calama, como las vertientes y sus cascaditas; las quebradas del Yalquincha y sus quinchos, asados y el Loa con su libre camino; las cercanías del monolito Topater donde la maleza, el barro negro y la imaginación podían trasladar a un niño tan lejos como Loa venia y se iba.

Para conocer esos lugares y otros tenías que haber vivido en las tierras de Calama, entre el sol que evapora el sudor por el día y el hielo del vacío que habita por las noches. Y es por esto que la gente que va de visita a Calama dice que es feo, aburrido y toxico, porque no sabe, no conoce ni ha experimentado nada más que la urbe y el polvo de la ciudad.

Siempre defendí Calama de los ignorantes que no conocían los rincones, que por muy escondidos y difíciles de encontrar en algunos casos, son dignos de conocer por su belleza  y la magia del Loa que los rodea.

Por ello este verano aprovechando que iba a visitar a mis abuelos, llevé a mi novia a conocer esos rinconcitos que tantas experiencias lindas de mi niñez albergaban.  La motivación era máxima, hacer parte de alguna manera a la persona que amo de lugares llenos de memoria. Con la misma carga emocional fue el impacto devastador; a metros del Monolito Topater se reunían camiones como moscas a la muerte, con sus tubos gigantes llenando sus contenedores con las aguas del Loa, ahí en las comisuras de sus aguas y vegetación el impacto visual era horrible.  Era como si en nuestros balnearios de Antofagasta llegaran camiones para secar nuestro mar y ocupar espacios de la arena en donde nos recostamos y hacemos tertulias.

No muy diferente fue lo que sucedió en uno de mis lugares favoritos: La Quebrada del Yalquincha. En los primeros metros internándonos en ella, habían varias personas disfrutando de la vegetación que crece naturalmente sin ninguna intervención  en la zona, los niños jugaban con la maleza, los bichitos y un rio tranquilo, tranquilo porque ahora existía una gran represa, represa que descubrí metros a la distancia, después de encontrarme con el nefasto mensaje de “No entrar, Zona Privada”. Entré igual, hallando más de esos tentáculos succionadores de vida y espacio para la



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