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Calvario

Fui víctima de un asalto la noche del jueves. Una mujer de cabello claro me quitó el sombrero y huyó con él como si escapase de Belcebú. Me quedé impactado ante tal hecho pues, en medio de la noche, sentí por primera vez un frío terrible en la cabeza y en el alma. Yo había olvidado cómo era vivir sin sombrero.

Y es que yo perdí el pelo a los trece años. Una mañana desperté creyendo que mis propias pestañas habían crecido de forma alarmante durante la noche. Abrí los ojos y noté que un montón de cabellos yacían sobre mi rostro y la almohada. Perdí todo el pelo, desde aquellos que custodiaban presuntuosos los dedos de las manos y de los pies, hasta el último que habitaba en mis cejas. Para qué hablar del cabello de la cabeza. Si incluso mi madre pegó un grito que alarmó a las gallinas, una vez que me descubrió parado bajo el umbral de la puerta, sin rastro alguno de cabellera en algún rincón del cuerpo.

Desde ese entonces, nunca más me creció el pelo. Mi cuero cabelludo comenzó a ceñirse al cráneo lentamente, como si supiera que a través de éste jamás volverían a crecer largas cerdas de cabello. Mi cabeza se volvió una esfera de piel que reflejaba con detalles la luna cuando ésta asomaba entre el follaje, llena y distante, igual que mi madre al comprender que su hijo había quedado calvo para siempre.

Rosa, la mujer que ayudaba en las tareas domésticas a mi madre, aseguró que se trataba de un mal de ojo. Ambas mujeres bordaban por las tardes intentando descifrar el misterio de la maldición que había caído sobre mi cuerpo. Yo las oía lejanas, sentado en el suelo, jugando con algún objeto que se me permitiera tocar. Mi madre solía decir que los niños malditos también maldecían los objetos, por ende, desde ese día ya no pude sostener entre mis manos ningún cubierto y Rosa tenía la obligación de alimentarme, para evitar el traspaso del mal hacia otras personas.

Desde que perdí el cabello, mi madre jamás me volvió a besar en la frente antes de dormir. Cada noche y por varios años, cepilló su frondosa cabellera negra como la noche, un extraño ritual que abandonó una vez que su cabello también apareció sobre la almohada y se halló a sí misma calva, frágil y descolocada.

El día que a mi madre se le cayó el cabello, tuve que abandonar mi casa, despedirme de Rosa, quien no hizo más que llorar amargamente evitando cualquier contacto con mi piel. Ni siquiera pude ver a mi madre. Mientras caminaba sin rumbo definido, aún escuchaba los gritos furiosos de la mujer calva, maldiciendo al cielo por el infortunio de parir un condenado muchacho.

Y así llegué al norte, desprovisto de amor y dinero. Realicé varios trabajos que me permitieron alimentarme y vestirme. Durante un tiempo fui ayudante de carnicero, otras tantas oficié de reverendo sin conocer a Dios y otras veces dormí con mujeres mayores, las que me pagaban por hacer lo que por instinto no se necesita aprender.

Con el dinero que reuní, me compré un sombrero café. Pero no un sombrero cualquiera, me compré el sombrero más costoso de la única tienda de sombreros de la ciudad. Fue tanta mi ansiedad dentro de la tienda, que salí del lugar con el sombrero puesto, sosteniendo entre mis manos una caja llena de diferentes telas que me permitirían cuidar del tiempo a mi nuevo y hermoso sombrero.

Por eso hoy me invade el miedo. Incluso el terror es mayor a cuando salí de casa sin saber a dónde ir. No, porque la vida me había regalado un sombrero, fruto de mi propio esfuerzo y ahora una mujer de cabellos claros me ha arrebatado la vida. Y yo, incapaz de emitir algún sonido que alarmara a los peatones de la siguiente calle, aún recuerdo las ondas del cabello claro de una mujer vestida de negro, víctima de la brisa y el movimiento.

Y heme aquí solo, abandonado a una suerte desconocida. Soy incapaz de salir de esta habitación oscura. Me puse la funda de la almohada sobre la cabeza para alejar el frío. Las sábanas son fieles amigos cuando se cortan en tiras y se amarran en un extremo del techo y del otro lado, el cuello.



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