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Crimen

Si, lo admito. Tiene tintes absurdos. Torpes, dirán ustedes. Pero así ocurrió, y lo asumí, como dicen que se debe hacer. ¿Está escrito de alguna manera el cómo debe asumirse una situación semejante? No, no lo creo. En realidad, sencillamente diría que no, que no está escrito, ni pautado, ni hay receta.

En fin, la cosa es que mis esclavos comenzaron bien. ¿Eran atentos? Comprendiendo que hay poco margen de comparación, diría que son los mejores ¡Agradezco a mis dioses que hayan sido ellos! Son atentos, preocupados y, tal parece, les fascina su condición de esclavos. Mi trabajo sólo consiste en hacérselos saber. Ellos, luego de un par de intentos fallidos, han comprendido a la perfección mis “modos”. ¿Los cuidados? De primera, de gran dedicación. No sé si exagere, pero agradezco a mis dioses. Aunque no siempre las cosas son como Ra lo designa. Los designios de los dioses son cosas a las que hay que darles tiempo. Todo comenzó una tarde de agosto.  Ella llegó y la vida giró en 180°.

Lo admito, sentí muchas cosas a la vez, pero una de ellas, muy clara por cierto, era la incontrolable idea de quitarle la cabeza y obligar al esclavo a hacerme una cazuela con ella. Con dos cucharadas de sal y un poco de especias, de manera de evitar el desabrido. Ya me veía viendo flotar la carabela, y yo allí, sin culpas ni nada, sorbeteando a gusto. Pero no, las cosas siguieron en sentido opuesto. Yo la rechacé, de todas las maneras posibles. Ella seguía allí, pese a mis bramidos, cual animal salvaje in naturae. No sabía cómo quitarle del lugar que, por derecho de orden, era mío ¡Si, mío! Mis esclavos –sospeché- estaban en franco desacato, insurrección, querían hallar una fórmula para destituirme de mi sitial de honor. Yo lo sabía. Ya no era sospecha, era certeza: me querían fuera. Ella había arribado a mi reino, y me lo había quitado. Lo peor de todo es que nunca lo vi venir.

Mis maquinaciones comenzaron amasando el tiempo, contando las horas, ella quedaría sin esclavo que le resguarde, y el tiempo es siempre tan …hacia adelante, que cuando quieres que vaya rápido, le da por ser lento, y viceversa. Pero esta vez yo “saboreaba” el tic-tac, y así se acortaban los minutos para quedarnos solos, y allí nomás le caería, mientras tome aire –incluso en ese pequeño momento- para retomar mi título robado, el control de todo, mis derechos y a mis esclavos. Ella temía, ella buscaba su esquina, la que sería su tumba según mis planes. No había vuelta, cuando los esclavos partieran –a continuar siendo esclavos- yo actuaría. El plan era sencillo, pero efectivo. ¿Y la culpa? La culpa habrá de sostenerla los esclavos, siempre las cosas son así, siempre han de seguir siendo así. El filo había sido afinado, la última revisión del plan: el dardo iba al centro. ¿Y ella? y ella no lo vería llegar. La crónica anunciaba sangre, no había lugar para el equívoco.

El final del día fue toda una sorpresa, pero hubo cosas que no cambiaron. El arribo de los esclavos, después de horas de esclavitud, era una imagen patética; cansancio y hastío. Pero cuando vieron la escena, no eran capaces de explicarlo. ¿Cómo había sucedido tan rápido? Me vieron, me interrogaron de qué había hecho. Hallaron una escena que me pone los pelos de punta. Pero así estaban las cosas, ella me lamía y yo lo disfrutaba. ¿Lanzarla por la ventana? Ya no había razones, su trabajo era ejecutado de muy buena manera. En tanto, los esclavos la miraban a ella, me veían a mí, volvían a hacer lo mismo luego de refregar sus ojos, pero allí estábamos nomás: La Gatita y yo, abandonando la idea del frío crimen, lamiendo nuestros pelos.



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