EL DERECHO A LA VIVIENDA DIGNA: Las guerreras que tomaron el cielo por asalto.

¿Quién podrá contener al que conoce su condición?

Bertolt Brecht

La casa es un derecho para todos nosotros, tener una vida digna, ser felices.

Desde el Cerro La Cruz, se avista toda la bahía de Antofagasta. En el paisaje, populoso, habitado por cientos de trabajadores y sus familias, viven también nuestras guerreras. Este es el paisaje que conocen desde niñas y que, desde agosto del año pasado, acoge el “Campamento Guerreras de Fé”, que ellas y sus familias levantaron, cansadas de largas listas de espera para acceder a una vivienda propia, infructuosas gestiones, promesas incumplidas, que las forzaron a tomar en sus manos la resolución de su problema habitacional.

Su campamento, ubicado justo a los pies del cerro que las vio crecer, es una toma “ilegal”, según las autoridades, y por eso pende sobre ellas la amenaza de un desalojo inminente. Un desalojo que ellas estiman injusto, y que pretenden resistir, porque, como dijera una de sus voceras, Ruth Urquiza: “La casa es un derecho para todos nosotros, tener una vida digna, ser felices.”

El derecho a la vivienda, efectivamente, es un derecho universal. A una vivienda digna y adecuada, consagra además la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, y según datos de la ONU, los sin techo, los que viven en alojamientos precarios y los desalojados son cada día más numerosos, tanto en el campo como en la ciudad. En el mundo de hoy -según el mismo organismo- hay 100 millones de personas sin techo y más de un billón vive en alojamientos precarios.

En Chile, la situación no dista del panorama mundial. Conforme un documento del Minvu (Ministerio de Vivienda y Urbanismo), el último en redes sociales y que data del año 2011, a nivel nacional se verificaron 706 campamentos, lo que significa un aumento de 216 respecto del catastro del 2007. Es fácil sacar cuentas y concluir que la situación, más que mejorar ha empeorado.

En Antofagasta, Municipio e Intendencia, disparan cifras. Desde la alcaldía se habla de 53 campamentos, mientras los representantes del gobierno regional dicen que no superan los 35. Con todo, se trata de un drama que afecta a más de 3000 familias.

El año pasado los pobladores que viven en las tomas de terreno empezaron a confluir en espacios comunes y decidieron agitar las aguas. Asambleas, marchas, mítines, lienzos, videos en redes sociales, reuniones, vocerías. Las autoridades, frente a esto, decidieron salir del marasmo de más de una década sin construir viviendas sociales en nuestra ciudad y lanzaron un proyecto de 8000 viviendas sociales en el sector Altos la Chimba, respecto del cual, Isabel de la Vega, en su calidad de actual directora del SERVIU, informaba el año pasado, se lleva un avance de un 85% en la obras de urbanización, el paso previo para empezar a construir el 2016.

Sin embargo, desde el campamento Guerreras de Fé, no se muestran conformes. Dicen por un lado que eso no resolverá el problema para todos los pobladores sin casa, porque son muchos más que los que reconoce el gobierno, en su caso, en concreto, el famoso plan, a ellas, que llevan más de una década esperando, no las contempla, y porque como de costumbre la idea de los que gobiernan es segregarlas, apartarlas cada vez más del centro urbano, desarraigarlas, hacinadas en construcciones estrechas, sin espacios comunitarios, inseguros, en barrios que no son los que ellas desean para sus hijos. Guerreras de Fé, insisten, que ellas desean permanecer en el lugar donde han echado raíces, donde han construido sus vidas y su identidad.

La idea de participar activamente en la construcción de su barrio se refleja en la forma con que enfrentaron el levantamiento del campamento. Realizaron trabajos de topografía con imágenes satelitales, lotearon el terreno cuidando evitar dejar algún vecino en las quebradas naturales, pensando en que todos pudieran contar con las dimensiones adecuadas, justas, amplias, que anticipen el barrio con que soñaron.

Mediante sus conocimientos en albañilería, carpintería, construyeron murallas, nivelaron el terreno, levantaron las paredes y techumbres de sus casas. Sencillas y bonitas fachadas son iluminadas, por la instalación de hileras de postes de luz, con el cableado adecuado para soportar los 220 voltios que alumbran sus hogares y calles, todo conseguido por la inversión y el conocimiento colectivo.
Al interior de “la Villa”, como le llaman los pobladores del sector al Campamento Guerreras de Fé, en un claro guiño de simpatía, rige un estatuto de comportamiento comunitario que sanciona el tráfico de drogas, el maltrato intrafamiliar y el robo, incluso con la expulsión. Medidas que -nos cuentan- han debido tomar en un par de ocasiones, a fin de que el campamento no se “contamine” y se torne inseguro para ellas y los suyos.

Muchas de ellas, antes del Campamento, apenas sabían de vocerías, y jamás habían sido dirigentes, ni siquiera en las escuelas donde sus hijos estudiaron. Pero hoy están hambrientas por aprender, y piensan que cada poblador debe estar preparado para conducir, para hablar con los que gobiernan, para defender sus derechos.

Ruth Urquiza, recuerda con ironía, que ella le negó terminantemente la posibilidad a su hija de acompañar las manifestaciones estudiantiles el 2011- “Por su seguridad”- explica- y hoy, el devenir la ha colocado al frente de cortes de ruta, y marchas, por las cuales incluso ha sido llevada detenida, y rescatada por un Abogado del Instituto de Derechos Humanos de la ciudad. Todas ríen cuando Ruth relata su experiencia. Son las vueltas de la vida.

Las voceras del Campamento rechazan la idea que las acusa de “querer todo gratis”, “que todo se les regale”. Expresan a cambio –“Somos trabajadores y trabajadoras, acostumbrados a luchar por lo que necesitamos. No queremos regalos, queremos la oportunidad de construir acá nuestro barrio, de darles a nuestros hijos la vida que se merecen. Por ellos, estamos dispuestas a todo.”

Fotografías por: Luciano Paiva



Comentarios: EL DERECHO A LA VIVIENDA DIGNA: Las guerreras que tomaron el cielo por asalto.