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Hablemos de Picasso

Entre otras cosas, soy profesora de arte. Trabajé como tal en dos colegios subvencionados en Chile hace ya varios años. Recuerdo claramente una oportunidad en la cual, luego de dar unas cuantas clases de historia del arte a mis alumnos y enseñarles a analizar obras, les tomé un examen escrito. Claro, los resultados no fueron hordas de 7 como los que se esperan para aquella asignatura. Acto seguido, fui llamada por el director del establecimiento para analizar, lo que él llamó, la mala maniobra de enseñarles teoría. ¿Los argumentos? “La clase de arte es para ayudarles a los alumnos a subir su promedio general con sietes y no para que aprendan cómo analizar las obras de Picasso. ¿Eso de qué les sirve?”, dijo.

 

Fui obligada a borrar las calificaciones del libro de clases. Acción que está prohibidísima por los organismos controladores de colegios subvencionados. Además de eso, tuve que hacerles dibujar una banal copia de una obra a elección del citado pintor y así ponerles a todos notas sobre 6. Hubo alumnos que no entregaron sus trabajos a pesar de las excedidas posibilidades ofrecidas, cumpliendo por supuesto, cuando ellos lo estimaron conveniente con trabajos que distaban mucho de un esfuerzo. Mi evidente indignación más una que otra desavenencia me trajo la consecuencia de ser despedida. Pero así es la educación en muchos colegios, una herramienta que sirve para llenar las salas de alumnos más allá del límite humano y efectivo permitido, pero que llena proporcionalmente las arcas personales de sus dueños. Nunca más trabajé como profesora.

 

Años después, me fui a México gracias a una beca de estudios para cursar una Maestría. Durante mis casi cuatro años allá, me relacioné con muchos estudiantes también extranjeros de los cuales aprendí sus apreciaciones del mundo y su forma de entender a personas de diferentes culturas. Una de las cosas que me impresionó más fue escuchar a mexicanos con el “nopal pegado en la frente” –expresión común para referirse a los indígenas– propinar calificativos degradantes a personas “prietas” por ser cochinos, flojos, en fin, innecesarios. Sin notar que ellos mismos presentaban los mismos rasgos.

La verdad sea dicha, comentarios racistas se realizan en todos lados: Chile, México o Europa para todos aquellos que no se corresponden al canon exportado de belleza, descalificando así a los naturales de su propio país. Siguiendo con las verdades, ignorantes.

La televisión, por su parte, enseña estas diferencias al presentarnos personajes de telenovela, por ejemplo, que degradan no tan solo a los indígenas o gitanos dándoles roles de jardineros, choferes o nanas mal pagadas y abusadas por sus patrones, sino además, a las mujeres posicionándolas en un nivel inferior, sin importancia, como seres estúpidos y controladores del lívido alborotado de sus parejas, preocupadas de su apariencia, frías y calculadoras. Y así, la televisión lo que hace, en definitiva, es tomar lo peor de la esencia humana y mostrarlo como modelo a seguir. “Educa” para ver y aprehender al mundo y a las personas superficialmente, recalcando negativamente nuestras diferencias. Un medio tan poderoso que podría colaborar a formar hombres justos está, indiscutiblemente, desacreditado.



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