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Heridas del alma

La primera vez que tuve psoriasis tenía veintiún años, había fallecido mi hermana y me dejó a su hijo con dieciséis días de nacido. Aquella vez se me presentó en las manos y piernas, alrededor de las rodillas, yo creí que eran picaduras de algún tipo de insecto, por lo que comencé a echarme cremas sin detenerme a pensar demasiado. Me encontraba mal, pero ese bebé necesitaba de mis cuidados, por lo que mi prioridad no estaba en el tema de averiguar en el origen de tan extrañas magulladuras, sino de asociarlo a un tipo de alergia y no prestarle demasiada atención. Estuve seis meses así.

Pasó el tiempo y encontré trabajo, comencé a distraerme, tuve a mis propias hijas, saqué mi carrera profesional, cambié de ciudad. No volví a saber de esas extrañas heridas después de veintiún años, cuando volvieron a presentarse, ésta vez en las palmas de las manos y pies.

Eso fue hace seis años, cuando ya me encontraba establecida con mi familia en Antofagasta. Las heridas comenzaron a manifestarse lentamente, luego se volvieron profundas y muy dolorosas, por lo que hicieron una junta médica en donde seis doctores me evaluaron y decidieron que debía ir a Santiago a ver a un especialista de la Universidad de Chile, fue precisamente allí cuando escuché por primera vez el nombre de mi enfermedad: psoriasis palmoplantar.

La psoriasis es una enfermedad que se caracteriza principalmente por la lesión de la piel, la cual se vuelve frágil y se desprende. Y si bien no es contagiosa, la reacción que tienen las personas frente a esta enfermedad es en parte desconcertante. Soy funcionaria pública y mi labor está directamente relacionada con la atención de público de distintos estratos sociales, sin embargo, todos tienen la misma reacción cuando observan mis manos. Llega a tal punto mi incomodidad, que incluso he prefería quedar como mal educada y no estrechar las manos cuando me saludaban, porque la psoriasis no sólo se trata de un dolor físico, la discriminación también hiere.



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