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Iba pa’ gol.

Nadie lo podía creer. Pero qué mierda fue eso, si ni siquiera le había pegado con fuerza. ¿Puede haber sido el efecto que le di? A veces pasa, dicen. Mucha mierda de documentales con innumerables muertes hace ponerte a sacar las hipótesis más macanas, esas que hasta te prohibiste bien prohibidas. Pero allí estaba, tendida en el suelo. Hace cinco minutos todas reían del golpe. Pero cuando la Jime señaló que había puesto los ojos blancos, la Negra grito “¡Pero qué mierda!” Y allí nomás, al suelo por knockout pelotero.

Todas la conocían como “Sú”. Algunos decían que se llamaba Sutrana. ¿Qué nombre de mierda si fuera ese? ¡Hay papás que te cagan así, eh! ¿La pensarán un poquito antes de cagarse a la hija? Bueno, el caso es que Sú –si, con tilde- era de esas viejas que te regañaba casi por deporte. Te paseabas por fuera de su casa, la veías con su pucho echando humo, y allí nomás te lanzaba esa memorable ‘andai sapeando, erí de la ceneí caurita. Te amo a justiciarte…’. Y allí, corríamos todas las amigas a gritarle “Sú, Sú …Súsusú, la morena del Cachú!”. Del Cachú no les hablaré, pero deben saber que era el “firme” de la Sú. Y “morena”, era para decirle “esclava”. Cosas que sólo le decíamos a la Sú.

Mi mamá contaba que Sú se había jugado el pellejo en la Dictadura, fue ayudante del Frente y allí, en una rastrillada, junto a cuatro compañeros, la hicieron caer. Pasaron dos años y ella libró, pero parece que la soltaron. ¿Por qué? Ella nunca pudo unir el día que la secuestraron con el que la dejaron ir. De todo le hicieron, decía mi mamá. Y así la devolvieron, ida, sin memoria, con puras ganas de jalar sus cigarros y viviendo con su vieja, de muchos años vuelta a hacerse cargo de su hija. Unos años después, le hizo a todo lo que pilló. No tenía guita, lo justo y necesario diría yo. Pero nunca le faltó para zarparse algunas líneas, y otras jalopas. Pero lo peor era cuando la vimos aspirando neo. Mi mamá siempre me dijo que es lo peor, no por experiencia propia, sino porque la tía Javiera estuvo hasta las masas pero, por suerte, pudieron rescatarla. Pero allí estaba Sú, con total entusiasmo y a la vista de todas.

¿Se recuperó? No lo sabemos. Pero luego de unos años de ausencia por el barrio, la vimos volver, más compuesta, igual de loca pero sin las ojeras ni los ojos rojos. Volvió, aunque  para nosotras, ya un poquito más creciditas, nos daba igual si la molestábamos o no. Ya poco lo hacíamos, a decir verdad. Éramos más “tíner”, como le gustaba decir a La Gringa, la Entrenadora del equipo. Y bueno, esa tarde de domingo, el partido era de ida y vuelta, nos habíamos recuperados de dos expulsiones y un gol en contra, recién en la mitad de la primera mitad. Yo jugaba de enganche, siempre tenía una facilidad para encontrar a la Gladys por la banda de la derecha, siempre proyectada, me conocía ya la patada porque se la dejaba allí, casi al callo, y ella hacía lo suyo, corría por la banda –era hábil la Gladys- y le mandaba como dice los manuales: centro fuerte y al punto del área. Éramos dos que saltábamos a buscarla de cabeza. El centro se me pasó por poco, pero detrás ya venía lanzada la Miguela. Frentazo debajo del palo izquierdo, y a cobrar. La Sú estaba detrás del arco, y entró a la cancha, viendo que todas saltábamos a abrazar a la Migue, quien se lanzó al barro a celebrarlo. ¡Cómo lo gritamos con las chiquillas! Y la Sú, saltó encima de nosotras, y nos abrazó como nunca. Nunca la habíamos visto tan feliz.

Esa tarde era para nosotras. Luego de ese gol el partido fue otro, ellas se refugiaron pese a tener dos jugadoras más. No había cómo pararnos, usábamos las bandas y jugábamos a un solo pase. En una de esas la recibo de rebote, veo a la Gladys proyectada –como siempre- y le doy el pelotazo. La pelota recién salía y a mí me llega un patadón. Fue un rodillazo en el cuádriceps. Pancorazo le llaman en la jerga. La Gladys vio la falta, paró la marcha y le llovió en puteadas a la morena que defendía, quien me había dado “el cariño”. El árbitro pitó, y allí llegué yo a pedir el tiro libre. Me daba cuenta que Sú estaba atenta a la jugada, detrás del arco rival. Pero ella miraba y luego se iba. Andaba rara, una mezcla de caliente y perdida. Yo tenía el arco entre la rabia, la contención y el dolor. La acomodé, esperé los ocho pasos que dio el árbitro para ordenar la barrera, juro que le pegué sin mucha fuerza, ¡dolía la pierna! Pero la pelota hizo una comba rara, pasó encima de la barrera, se fue derechito al ángulo pero nunca bajó, …bueno, nunca bajó antes del arco, paso por encima y fue tomando esa comba para llegar a la cabeza de la Sú. Todo era gracioso, …hasta que La Negra pegó el grito.

¿El parte del médico? Daño de la corteza parietal, un shock y varias otras observaciones. ¿La Sú? Luego del “paseo astral” y los ojos blancos, comenzó a citar frases de los clásicos, lugares de reuniones, nombres de sus torturadores llenando hojas y hojas de antecedentes que nos avergüenzan recordar el cómo fuimos con ella. No fue gol, paso lejos, pero esa comba nos trajo de vuelta a la Sú.



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