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JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, LOS RÍOS PROFUNDOS. La voz del pueblo indígena.

…pero si llega cansado, un indio de andar la sierra, lo humillamos y lo vemos como extraño por su tierra…

Maldición de Malinche, de Gabino Palomares

 

Imaginemos un niño pequeño, huérfano de madre, dejado por su padre al cuidado de su madrastra y hermanastro, pues él debe partir, por fuerza, a trabajar de pueblo en pueblo y no desea que la creatura sufra penurias. Imaginen ahora que estos parientes, de vida holgada y burguesa, son seres crueles e indolentes y, en lugar de brindarle protección y afecto, lo ignoran y relegan a vivir junto a los indios de la hacienda, pretendiendo con este acto rebajarlo pues desprecian a los indios. Éstos le acogen con ternura, pese a no existir, ni lazos de sangre, ni lazos de raza. El niño crece junto a ellos, aprende su lengua, comparte su destino, sus necesidades, comparte también su forma de ver el mundo, sus creencias, sus ritos, sus fiestas, aprende a observar el mundo como ellos;  la tierra, los ríos, todos los seres vivos. Ya muchacho se  escapa y refugia en la hacienda de unos parientes de su madre, de donde es rescatado finalmente por su padre. Imaginen que ese niño crece y se educa, y se convierte en uno de los escritores indigenistas más reconocidos del Perú. Pues bien, esta historia que les he relatado corresponde, a grandes rasgos, a la vida de José María Arguedas, el escritor que nos convoca.

Yo sentía un inmenso amor por los indios, porque ellos me dieron también toda su protección paternal maternal, y aprendí los cantos de ellos, los juegos de ellos. Viví el mundo de ellos. Yo creía que el mundo era como ellos creían que era el mundo.” ([i])

Arguedas nace en Andahuaylas, Perú, un 18 de enero de 1911, y muere de su propia mano, el 2 de diciembre de 1969, en Lima, en circunstancias tan aciagas como las que le acompañaron en su infancia. Hombre de mente privilegiada, fue a la vez escritor, poeta, traductor, profesor, antropólogo y etnólogo. José María Arguedas, “Aprendió la lengua de los vencedores y en ella habló y escribió. Nunca escribió “sobre” los vencidos, sino “desde” ellos”, expresó Eduardo Galeano en su libro Memoria del fuego, El siglo del viento.

   “¿Cómo describir esas aldeas, pueblos y campos: en qué idioma narrar su vida? En castellano? Después de haberlo aprendido, amado y vivido a través del dulce y palpitante quechua? Fue aquel un trance al parecer insoluble” ([ii])

Hombre de fuertes convicciones morales y políticas, declaraba que fue leyendo a Mariátegui y más tarde a Lenin que había encontrado un orden permanente en las cosas; y que a través de la teoría socialista se había encauzado lo que había en él de energía, dándole un destino y conduciéndolo. Por sus convicciones, es que acabó preso por más de un año, al protestar en contra del fascismo español. Y también, por lo mismo, perdió en más de alguna oportunidad su trabajo. No obstante estos impases, por sus méritos, llegó a ser Conservador General de Folklore en el Ministerio de Educación, Jefe del Instituto de Estudios Etnológicos del Museo de la Cultura Peruana, director de la Casa de la Cultura del Perú y director del Museo Nacional de Historia, desde los cuales editaría las revistas Cultura y Pueblo e Historia y Cultura. También fue profesor de etnología y quechua en el Instituto Pedagógico Nacional de Varones, catedrático del Departamento de Etnología de la Universidad de San Marcos y profesor en la Universidad Nacional Agraria de la Molina hasta su muerte. Recibió el Premio Fomento a la Cultura en las áreas de Ciencias Sociales el año 1958 y de Literatura el año 1959 y 1962, así como  el Premio Inca Garcilaso de la Vega en 1968.

En la novela, Los ríos profundos (1958), en quechua Uku Mayu, en alusión al abismo por donde corren los ríos andinos, que nacen en la cima de la Cordillera de los Andes, Arguedas nos muestra un Perú semi feudal en tránsito hacia el capitalismo, evidente hasta en el más pequeño poblado, donde los hacendados, ostentan con orgullo y brutalidad su rol de terratenientes, beneficiándose de un sistema de explotación, opresión y oprobio, mientras los indios sufren, la mayor parte del tiempo en silencio, refugiados en su cosmovisión, en su fe, síntesis de la identidad religiosa habida entre sus cultos ancestrales y el evangelio que trajeron los conquistadores.



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