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LA COMUNA DE PARIS: los precursores de una nueva sociedad

(18 de marzo – 28 de mayo de 1871)

En el ocaso del siglo XIX, cuando ya habían transcurrido, en efecto, algo más de ochenta años desde que la burguesía inaugurará una nueva etapa histórica, con la magnífica gesta del 14 de Julio de 1789. Después, incluso, de las jornadas revolucionarias de 1848, que significaron su consolidación definitiva como clase dominante. El pueblo de París nuevamente habría de sorprender al mundo, entregando como legado inmortal, a los que habíamos de venir el ejemplo histórico de un primer gobierno de los trabajadores. 

¿Resulta extraño o peculiar descubrir que un suceso de esta naturaleza y envergadura, no obstante su corta duración, apenas dos meses, haya sido prácticamente borrado de la historia? ¿Puede sorprendernos que su relato, aun deformado, bajo la letal presión de la ideología dominante, simplemente se omitiera de las aulas de estudio?

Pregúntese cualquiera de ustedes, si ha oído hablar de los heroicos comuneros de Paris, si conoce, más allá de los hechos que narran los manuales, las medidas completamente revolucionarias que los proletarios parisienses anticiparon: como el sufragio universal; la revocabilidad del mandato; la educación pública, laica y gratuita; la separación de los poderes del Estado y la Iglesia, entre otros.

Transcurridos más de ciento cuarenta años desde la proclama de la Comuna de París, sus palabras retumban con nostalgia en los corredores de la historia. El mundo vive hoy una crisis sin parangón que lo es tanto económica, política – social, como moral; de los más remotos lugares surgen de manera espontánea atisbos de revoluciones, sin que, no obstante, podamos divisar con claridad de qué manera se pueden realizar las esperanzas que la comuna sembrara.

La Comuna de París es fruto de múltiples factores que actúan como catalizadores: la guerra franco-prusiana de julio de 1870 que echa por tierra el imperio de Napoleón III,  la inoperancia y corrupción de las clases superiores, los  sufrimientos del pueblo de París durante el prolongado sitio, el hambre, la falta de trabajo para el proletariado permanentemente endeudado a través del sistema de empeño de Montepiedad[i], la pequeña burguesía en la ruina, con la amenaza de créditos y pagarés vencidos, prontos a ser ejecutados, la composición reaccionaria de la Asamblea Constituyente que pretendía entregar la República y una suerte de sentido común que bullía entre los obreros y que aspiraba a otro régimen social.

El capitalismo había creado el caldo de cultivo en que se gestaban las ideas de cambio. Ya en febrero de 1864, los obreros de París habían hecho público un manifiesto, que siendo ultramoderado en la forma era, a la vez, profundamente revolucionario en espíritu: “…Se ha repetido hasta la saciedad que desde 1789 no hay clases, que todos los franceses son iguales ante la ley. ¿Cómo hemos de creer en la verdad de eso, nosotros que no tenemos más bienes de fortuna que nuestros brazos, que sufrimos todos los días las imposiciones del capital, que vivimos sujetos a leyes de excepción? Nosotros, que vemos como la infancia de nuestros hijos se asfixia en la atmósfera desmoralizadora y malsana de las fábricas y el aprendizaje; que tenemos que contemplar como nuestras mujeres desertan forzosamente del hogar en un busca de un trabajo con el que no pueden, afirmamos que la igualdad proclamada por la leyes es letra muerta…”[ii] (2)  Y ese mismo año del Saint-Martin´s Hall, en Londres, el 28 de diciembre, una asamblea de delegados obreros había lanzado al mundo este magnífico grito:La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos[iii].

Tras la capitulación ante las tropas del Káiser, la Guardia Nacional se negó a devolver las baterías de cañones, que les exigía el gobierno provisional de la Asamblea Nacional. La Guardia Nacional estaba constituida por milicianos, alrededor de 200.000 hombres, donde cada uno de los 245 batallones elegía democráticamente a sus propios oficiales. Los cañones en cuestión, habían sido adquiridos gracias a una suerte de aporte popular y habían servido para contener al enemigo durante más de seis meses, el que no había logrado penetrar la ciudad, pese al sitio. Contra la opinión pusilánime de la Asamblea Nacional, se alzaba la posición del pueblo de París, el que quería seguir luchando, pero los diputados republicanos ya habían aceptado las condiciones impuestas por Bismarck: rendición de las fortificaciones, desarme de la Guardia Nacional, acceso libre a la capital y el pago de 200 millones de francos.

La Asamblea Nacional, dirigida por Thiers, ese abyecto representante de la burguesía,  intentaba superar la crisis económica causada por la guerra, que había saqueado los fondos de la Nación, imponiendo -¿cómo podría ser de otro modo?- terribles sacrificios al proletariado y la pequeña burguesía. Se suprime la moratoria sobre letras, alquileres y deudas, exigiendo el pago de inmediato, lo que en rigor significaba la ruina para miles de talleres y pequeñas tiendas; se retira el sueldo a los milicianos de la Guardia Nacional; se cierran seis periódicos republicanos, algunos con tiradas de 200.000 ejemplares (entre ellos: “Le Pêre Duchéne”, “Le Cri du Peuple”, “Le Mot d’Ordre”, “Le Vengeur”); se condena a muerte en rebeldía al revolucionario Gustave Flaurens y a cadena perpetua al socialista Auguste Blanqui. Trescientos mil obreros, comerciantes, artesanos, pequeños fabricantes y tenderos, que habían gastado su capital durante el sitio y no ganaban nada todavía quedan a merced del casero y de la quiebra. Miles de familias y trabajadores son lanzados a la inopia, a la miseria absoluta, en una época en que no existía ningún tipo de ayuda social.

La Guardia Nacional a través de los Comités de Distrito, creados en septiembre de 1870, convoca a la constitución de un Comité Central, y a través de sus reivindicaciones, surge la forma de un contrapoder que sumerge a París en un clima pre-revolucionario.

París, ansioso de libertad, se reúne en torno a la Bastilla, su columna revolucionaria; y ve desfilar a los batallones, con tambores y banderas a la cabeza, que depositan junto a las verjas y el pedestal coronas de siemprevivas. De vez en cuando, un delegado sube al zócalo y arenga al pueblo que contesta: “¡Viva la República!”. La gloriosa bandera roja de la igualdad, que no había flameado en la capital desde el 48, atraviesa la multitud y produce, primero un vivo clamor y luego un profundo silencio. Y ahí está por fin, ondeando en la cima, sombreando aquella plaza, más roja que ella, teñida por la sangre de mil mártires.

El 18 de marzo, Thiers envía a sus tropas a desarmar París, la ejecución de la orden, como la idea, eran descabelladas, pues una multitud acude a proteger los cuatrocientos cañones, almacenados en los altos de Montmartre. Las primeras en rechazar la acción de las tropas son las mujeres, lo mismo que en las jornadas de la revolución. Curtidas por el sitio, les había correspondido doble ración de miseria, no esperaron a sus hombres para actuar. Rodean las ametralladoras, increpan a los jefes de pieza: “¡es indigno!, ¿Qué hacéis aquí?” Los soldados se callan. Cuando el General Claude Martin Lecomte les ordena abrir fuego contra la multitud desarmada, los soldados se niegan a disparar contra el pueblo y confraternizan con los milicianos. En medio de estos hechos, Lecomte y el General Clement Thomas, que había participado activamente en la represión de las revueltas del 48, son fusilados.

Efectivamente, el rol de las mujeres en la Comuna de París es superior tanto en la forma como en el fondo, a los sucesos que les precedieron, esto es: la revolución de 1789 y la primavera de los pueblos de 1848; no sólo por la mayor participación en número de ellas, sino también por la calidad política de su participación. Los nombres de Louise Michel, Elizabeth Dmitrieff, André Leo, Beatriz Excoffon, entre muchas, son consideradas como gestoras de un nuevo feminismo, clasista y militante.

Así se da inicio a la Comuna de París, que en su manifiesto del 18 de Marzo proclama: “Los proletarios de París, cansados de engaños y traiciones de que la clase media los había hecho víctimas, habían creído llegada la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los negocios públicos; que los trabajadores habían comprendido que su deber imperioso y su derecho absoluto era hacerse dueños de su propio destino, tomando las  riendas del Gobierno”[iv].

El gobierno huye arteramente de París y se refugia en Versalles, acompañado de las tropas leales, la policía y los ciudadanos más acomodados. El Comité Central de la Guardia Nacional, asume en los hechos la autoridad y no tarda en convocar a elecciones.

La Comuna de París apenas pudo sostenerse 60 días, pero fueron dos meses de intensa actividad, decretos verdaderamente revolucionarios vieron la luz: abolición de los intereses por deudas, devolución gratuita de las herramientas empeñadas en casas estatales, autogestión de las empresas abandonadas por sus propietarios, protección de los hijos de la clase trabajadora, condonación de los alquileres impagos, separación de la Iglesia del Estado, se declaró propiedad colectiva todas las iglesias, relegándose a la intimidad de la vida privada las oraciones espirituales; educación obligatoria, laica y universal. Todos los establecimientos destinados a la instrucción se abrieron gratuitamente al pueblo. Prohibición del trabajo nocturno en las panaderías. Sustitución de la bandera tricolor por la bandera roja de la igualdad. Empero las graves dificultades por las cuales atravesaría, la comuna logró mantener el abastecimiento y los servicios básicos. Algunos consejos locales incluso proporcionaron ropa y comida a los niños de las familias más humildes.

La comuna hizo realidad la propaganda del “gobierno barato”, que tanto gustan de ofrecer las campañas políticas burguesas – eliminando dos fuentes de gastos inagotables: el ejército permanente y la burocracia estatal. En efecto, el primer decreto de la Comuna declaró abolido el ejército, reemplazándolo por la Guardia Nacional.

Aún más, se introducen dos elementos sustanciales y auténticamente revolucionarios: el sufragio universal en los distintos distritos de la ciudad para la elección de los consejeros  municipales y la revocabilidad de dichos mandatos. Con lo cual  el sueño de la democracia directa se hacía realidad.

Y aún hizo más, para señalar su carácter auténticamente democrático y proletario, la comuna decreta que el sueldo de todos los funcionarios y de los miembros del Gobierno no podría sobrepasar el salario normal de un obrero y, en ningún caso sobrepasar los 6000 francos al año.

El 21 de mayo de 1871, el sueño de otra sociedad es asaltado por las tropas de gobierno. La Comuna de Paris se defiende barrio por barrio, calle por calle, pero la heroica resistencia de los comuneros nada puede frente al poder del ejército. “Las atrocidades de los burgueses de 1848 palidecen ante la infamia incalificable de 1871. El heroísmo con que se sacrificó la población de París, hombres, mujeres y niños, luchando durante ocho días, atestigua no tanto la grandeza de su causa, como los actos infernales de la soldadesca, y refleja el espíritu de una civilización de quien esta soldadesca es la vengadora mercenaria.”[v]

El 28 de mayo, cae el último foco de resistencia y al día siguiente se desata la carnicería. Miles de comuneros son fusilados en una tapia del cementerio de Père- Lachaise. Las ejecuciones sumarias, no perdonaron la vida ni de mujeres ni de niños.

En Versalles se abren los primeros campos de concentración que había de conocer la historia de la humanidad, donde se internó a los acusados de participar en la revuelta. Más de 40.000 detenidos son enviados a trabajos forzados en las colonias de ultramar. Allá mueren muchos de ellos, producto de los malos tratos y las enfermedades. Disuelta la Guardia Nacional, se establece la ley marcial en París, durante largos cinco años. Thiers exclama con satisfacción: “El socialismo no volverá a molestarnos en mucho tiempo.”

La Comuna de París fue derrotada, mas sostenemos que esto no ha de ser motivo para instalar el fatalismo por guía, ya que su ejemplo, por vez primera en la historia, nos representa la posibilidad cierta de construir otra sociedad, libre de la  explotación del hombre por el hombre. Porque con su ejemplo, pusieron de manifiesto que lo imposible es posible y que las utopías exigen grandes dosis de esperanza, sacrificio y determinación. Porque fueron capaces de abrir la puerta a la gesta de construir un mundo, como dijera la inmortal Rosa Luxemburgo, donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres.

[i] Montepiedad: Sistema gubernamental de empeño que mantenía a la clase obrera en estado de deuda permanente. Bienes preciados(colchones, zapatos, sábanas, útiles de cocina, implementos de trabajo) eran vendidos si las familias no conseguían recuperarlos.

[ii] “Historia de la Comuna de París” H. Prosper-Olivier Lissagraray. Editorial Estela, Barcelona 1971.

[iii] Idem ii

[iv] “La Comuna de París” C. Marx- Lenin. Clásicos del Pensamiento Social. Editorial Quimantú. 1972.

[v] Idem iv



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