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La culpa naranja.

Miraba sus manos, buscaba en ellas restos de sangre. Por más que lo intentaba no había caso, estaban limpias. El peso de la conciencia no le alcanzaba para imaginar allí, en el marrón de sus manos, ni el brillo escarlata, ni la tibieza del flujo recién manado, la sangre rojo púrpura. No había caso; las miraba de tanto en tanto y seguían igual, limpias. Asumía que no era su culpa inmediata, y siempre dudó en presionar el botón, pero ya era tarde, detrás de su Cessna A-37 Dragonfly quedaba la nube naranja que el napalm dejaba en su vuelo por sobre la jungla vietnamita. Volvió la vista al frente, el panorama era desolador allí; amanecía recién y sería un mal día. Al frente sólo veía  una “lluvia de colores” moviéndose. Bajó la vista, abrió los ojos para continuar y estaba allí, de regreso al salón de eventos donde le acompañaba una Budweiser, aún a la mitad, y una Stolichnaya orange recién llevada a la mesa. ¿Había sido un sueño alucinógeno? Venía de vuelta del “viaje” mientras el wulitzer terminaba de tocar Pain in black de los Rolling Stones.



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