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La Senda

Hace algunos días, vagando (más que navegando) por el ciberespacio,

llegué hasta el sitio de la Universidad de Antofagasta, impulsada por el recuerdo fortuito de uno u otro comentario acerca de la posibilidad de que la universidad ofreciese carreras de corte artístico,

llámese Actuación, Interpretación musical, Artes Visuales, Danza, etc. Pues bien, grande fue mi sorpresa cuando confirmé que las carreras de “Artes Escénicas” y “Artes Musicales”, ya se encuentran entre la oferta académica de la universidad.

Ahora bien, ¿por qué no habrán abierto Artes Visuales? Lamentablemente ese no es el tema de mi columna, sin embargo, éste no deja de tener relación con las nuevas carreras de la Universidad de Antofagasta: lo que me anima esta vez, es poner sobre la palestra el poco visualizado tema de la enseñanza de las Artes (en general) en la educación superior.

Como una recientemente egresada de las Artes Visuales, me atendré sólo a exponer mi experiencia y mi visión desde este ámbito, sin embargo, cualquier parecido con las situaciones en otras artes, no es mera coincidencia:

Entré a la universidad el año 2011, recién salida del colegio, y recién llegada a la capital, mi discurso de bienvenida a la carrera versaba más o menos así:

Sepan ustedes que allá afuera nadie los está esperando, la sociedad necesita ingenieros, médicos y abogados, no artistas. ¡Bienvenidos!.

. En esos tiempos, este discurso parecía sabido, de hecho sonaba como un chiste (todos en la sala nos reíamos), puedo asegurar que todos nos sentíamos seguros de saber que nuestra elección profesional no iba a salvar vidas o solucionar problemas, pero creíamos ser llamados a pesar de todo a la vocación artística y con ella a la vocación de la pobreza y la vida sin sueldos dignos.

Fue así como los años pasaron en ese lugar anacrónico ubicado en Las Encinas #3370, y mis únicas preocupaciones eran qué iba a pintar ahora, lo mucho que me demoraba en pintar, las crisis vocacionales, los bloqueos creativos, y así. Luego de ya cuatro años, cuando la escuela de Artes ya daba casi por cumplido mi proceso educativo, y anunciaba el desalojo subiendo al sistema una malla curricular con cada vez menos cosas por hacer, es que comprendí que había que vivir de algo. Ahora, luego de tomar la decisión de seguir formándome como profesora (un tema del que podemos hablar luego), y sintiéndome “El Grinch” en la escuela de artes, me he encontrado con personas que han seguido “la senda” –como me gusta decirle- del artista y que han declarada abiertamente:

 Si mi hijo me dijera que quiere ser artista, ¡se lo prohíbo!

es más, en una de las entrevistas que Revista Fill le realiza al mismísimo Justo Pastor Mellado (guiño publicitario), este declara que no le permitiría estudiar Artes a un hijo.

¿Y ahora qué pasa, eh?, diría Alex Delarge, yo diría que con esto me pasan muchas cosas, lo que no significa que me arrepienta de una gran etapa en mi vida, y de que esté haciendo con esto una mala publicidad de mi escuela, ni nada por el estilo. Sólo estoy siendo coherente con mi espíritu rezongón.

El cuento sigue así: si uno se pone a pensar, y tal como lo planteé anteriormente, uno suele entrar a la carrera con la idea de que “sabe a lo que va”; pongan la chicharra porque eso es un error.

Creemos saber que las Artes en Chile no dan de comer, no mantienen hijos ni gatos, ni te dan estabilidad en general, sin embargo no dejo de pensar que es la misma institución universitaria –con todo lo que esta conlleva- la que aporta en el engaño de la profesionalización, de la “preparación” para el futuro.

He aquí a la madre del cordero: estos días me he preguntado una y otra vez el porqué de las Artes Visuales -por ejemplo- deberían enseñarse actualmente en la universidad: sabiendo que no existe un campo laboral definido, que no existe ni siquiera un mercado que de sustento a las Artes Visuales, ¿cómo es posible hablar de profesionalización universitaria? Dentro de mi proceso formativo por ejemplo, no existía una real preparación o al menos, un atisbo de lo que es –entre comillas- “la escena” de las Artes en Chile o al menos en Santiago. ¿Qué pasa con las herramientas necesarias para que todo profesional pueda desenvolverse? Sí amigos, no existen. Entonces mi propuesta es:

las Artes no deberían enseñarse en las Universidades, porque además de ser estas un espacio incompatible con las propias dinámicas del Arte, el hecho mismo de que estén entre la “oferta” universitaria las obliga a adaptarse a ley del mercado que rige este país.

A mi parecer, el fortalecimiento de las Artes en Chile no pasa porque más universidades impartan carreras de corte artístico, sino en un fortalecimiento de espacios de extensión artística, como el mismo Balmaceda Arte Joven por dar un ejemplo, que a pesar de todos los “peros” que podamos encontrarle, es un espacio en donde se aprende de arte, en donde se vive la experiencia artística sin el desmedro de la anticuada institución universitaria y sus exigencias.

Creo que las Artes deberían volver a la tranquilidad del “oficio”, en donde se desarrollan, brillan y se libran de la profesionalización, que lo único que ha logrado es hacernos creer salir de la universidad te asegura de cierta manera “vivir del arte”.

 

El arte de la educación superior es impartido por los mejores profesionales, tiene espacios “medianamente” adecuados para desarrollar competencias artísticas especializadas, sin embargo evalúa con calificaciones, homogeniza la producción propia, crea inseguridades al no estar diseñado para fortalecer las competencias personales, sino que más bien para infiltrarse en la institución universitaria, para justificar su existencia en un espacio que lo ha mirado siempre con sospecha.

A lo largo de mi recorrido, me ha tocado encontrarme con varias situaciones peculiares en torno al arte universitario en Chile, especialmente en Santiago. Por relatar alguna: en el caso particular de la universidad en que estudié, para obtener tu grado de licenciado sólo basta con cumplir con todos los créditos descritos en tu plan curricular, por otro lado si quieres hacer el acto de honor que es la “tesis” será sólo para obtener tu grado de Licenciado con mención (pintura, escultura, orfebrería, fotografía, grabado, arte textil, cerámica, etc.). Es tan variable y antojadiza esta senda hacia la profesionalización que existen universidades que exigen a sus alumnos realizar prácticas profesionales 320 horas (¡320!), para acceder a su título. Ustedes se preguntarán queridos amigos ¿dónde es que estos alumnos realizan sus prácticas profesionales?, en donde puedan: galerías, museos, tiendas de diseño, bibliotecas, hoteles, fábricas de empanadas, fábricas de muebles de mimbre…ya, está bien tienen razón, las últimas cosas las inventé, pero ¡¿dónde?!, dónde se puede hacer una práctica profesional que realmente cumpla su cometido, entregando competencias laborales a los casi titulados, y que no sea una especie de saludo a la institución universitaria.

Como diría mi querida Edith Piaf: “Non je ne regrette rien”, ¡no me arrepiento de nada!.

Mi proceso universitario a pesar de todo lo que he dicho, será siempre un tesoro para mí.

¿Volvería a estudiar Artes Visuales?, volvería a hacerlo, sin embargo lo estudiaría con más edad, con más madurez, con “la película más clara”, porque con 18 años uno no puede evitar la ingenuidad

y caer en el juego de la institucionalidad, las notas y los profesores/artistas de vanguardia. Así que amigos, estudien Arte, pero háganlo con altura de miras y con más de 25 años en el cuerpo –la edad propuesta puede variar-.

Para terminar estos 15 minutos de pataleta que gentilmente me permite Revista Fill cada mes, me gustaría decir que cuando hablo de no profesionalizar las Artes, no me refiero a que estas no deban o no puedan tener una dimensión profesional. Mi problema es el cómo se llega a esto. Creo que la profesionalización que necesitan las Artes no pasa por una institución que exige notas, prácticas y tesis, sino que amerita trabajo, madurez, apoyo de las experiencias de los pares, amerita una comunidad dispuesta a olvidarse de las mallas curriculares y a agruparse para aprender y enseñar constantemente, una comunidad que no espere los espacios sino que los construya constantemente y que acoja a quien quiera que se interese, no sólo a quien pueda costear cual o tal universidad.

Profesionalizar las Artes, es para mí tomar con alegría el camino no pavimentado.

 

 



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