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León Trotsky y la revolución permanente: En la cúspide de dos siglos

El año 1905 empieza a ver a León Trotsky, tempranamente, entre las cumbres del siglo XX. Y no por el hecho de haber sido entonces, a sus 25 años, el Presidente del soviet de Petrogrado durante la revolución rusa comenzada en el Domingo Rojo de enero de ese año. Después de todo, como bien dice Alain Brossat en su biografía política del joven Trotsky, si aquel revolucionario ucraniano hubiera muerto en esas jornadas, habría dejado el recuerdo —un tanto difuso— de un organizador excepcional, orador apasionante, joven de inteligencia afiladísima y, tal vez, un poco embaru bllado. Nada más.

Después de la derrota de esa revolución empieza Trotsky a escalar la cúspide con una obra teórica que lo justificaría aunque no hubiera hecho otra cosa: “Resultados y perspectivas: las fuerzas motrices de la revolución”. En ella se esboza la teoría de la revolución permanente, y muestra las huellas y la influencia de un hombre polémico: el alemán, de origen bielorruso, Alexander Helphang (Alexander Parvus). La deducción que ambos extraen de los acontecimientos rusos de 1905 sería determinante para la evolución de todo el marxismo posterior:

había comenzado la época de la revolución proletaria internacional, unificada en todo el mundo bajo el signo de la dictadura del proletariado.



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