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Protección del futuro

Thomas Hobbes decía que el hombre es un lobo para el propio hombre, un peligro para sí mismo y para los demás, algo así como un depredador feroz que con sus garras y afilada dentadura goza destripando a los individuos de la misma especie, un caníbal que opera en el mundo financiero, en el mundo laboral, en el mundo político, en el mundo cívico; un animal que apetece de banquetes preparados con la carne de su familia. Creo que no nos costaría mucho encontrar hoy y como siempre en las galerías de la historia, cuadros como el que fue pintado por el filósofo inglés.

Pero la calidad de depredador de este animal no va por el dominio de los instintos, sino por el camino de la conciencia. Hobbes hace visible en el Leviatán, que el peligro y amenaza que comporta el hombre es su conciencia y no su naturaleza animal, idea que aparece en la reflexión actual de Rüdiger Safranski en estos días.

Pues bien, con el conocimiento, el hombre cae en la conciencia del tiempo y con ello se le hace visible el pasado y el futuro, perdiendo para siempre el ahora absoluto, como en el mundo animal en el que todo ocurre -como dice Nietzsche- en una rutina pegada siempre al poste del presente, en un espacio en el que se suspende el pasado y el futuro. “El hombre dice: «me acuerdo» y envidia al animal que inmediatamente olvida y ve cada instante morir verdaderamente, hundirse de nuevo en la niebla y en la noche y desaparecer para siempre”

Precipitarse en el tiempo no es sino salirse de un estado paradisiaco sin fisuras, de una materia sin conciencia de sí misma. Así, el estado de naturaleza se fractura con el conocimiento, y el abrigo del instante se rompe cuando pensamos en el futuro que es el espacio de lo no definido, de lo no acabado, del mundo que vendrá. Eurípides sentenciaba hace ya unos cuantos siglos, que aquello que uno espera no se cumple y para lo incierto siempre hay un Dios que abre la puerta.

La puerta que se abre nos lanza a lo hipotético, a lo inesperado, a lo inestable y por ello es que para Hobbes, el hacer consciente el horizonte de un futuro amenazante, hace posible la exigencia de poder que ha de proteger y de cautelar el futuro; es la aspiración a la auto conservación que intenta doblarle la mano al tiempo.

Sin embargo, y siguiendo al filósofo inglés, esta aspiración si se realiza de modo individual, ha de terminar en “un estado deplorable de la lucha de todos contra todos”, lo que hace necesario transformar el poder individual en uno colectivo, el Estado, como garante de las escenas del futuro. Sin embargo, queda flotando una razonable sospecha que surge de nuestro tiempo, ésta es: ¿Cómo protege el futuro de las personas un Estado que se aleja de la idea de ser un Estado protector?



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