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Siempre hay un Juan Pérez

Siempre hay un Juan Pérez, y puede haber un Juan Pérez para cualquier cosa. Las situaciones más inimaginables, aunque le parezcan de otro mundo, para bien o para mal, pueden contar con un Juan Pérez.

Esta vez me tocó conocer a uno, aunque “este” no es Juan Pérez, por su grado de común, le bautizamos así.

Este “Juan Pérez” es un jubilado, operador de maquinaria. Me contó que toda su vida ha estado montando varias de esas “máquinas del demonio” –me dijo-, domarla y manejarla como si fuera una extremidad más de su cuerpo. Así es este Juan Pérez, un obrero de esos que pone más del 110% de su entusiasmo, pues le gusta y le parece correcto, simplemente.

Juanito comenzó a trabajar ya varias décadas atrás, imponiendo en el Sistema Estatal antes de verse seducido por las Administradoras de Fondos de Pensiones, por allá por los primeros años de la década de los ochenta. “¿Qué le puedo hacer? Ya la cagué”, reflexiona sentencioso Juan. En esa fecha, al igual que varios otros, se dejó encantar por los cantos de sirena que emitía la refundada Dictadura del Capital. Y Juan Pérez pisó el palito, así que tomó sus pocas pilchas y se las pasó a las devoradoras AFPs. PROVIDA le tocó, con esa dijo sentir confianza.

Los años pasaron y nuestro trabajólico Juan Pérez alcanzó los 65 años y se le vino la obligación de jubilar. PROVIDA, luego de algorizar con entusiasmo los fondos de Juan Pérez, concluyó que alcanzará, para él y su familia, con $230.000 mensuales, vitalicios. Naturalmente, como era de esperar, Juan Pérez, allá por el 2001 que es el año en que jubiló, calculó también, y concluyó que con eso no se puede vivir tranquilo ni dignamente, así que no colgó ni el overol ni sus guantes, y se puso a buscar trabajo hasta hallar con algo que no le pidiera juventud como requisito.

Ahora Juan Pérez lamenta haberse cambiado. Comprende que es un lamento generalizado en el país. Calcula, y ese cálculo siempre le queda corto.

Pero la historia de nuestro lamentado Juan Pérez es aún peor. La depredación de la AFP no acaba en su jubilación. No, el apetito de robo de estas instituciones es voraz, “gúlico”. Y en Juan aún veían carne por roerle. Así es que le ofrecieron a Juan Pérez retomar la imposición. Y Juan Pérez aceptó. No sabe por qué, pero aceptó. Estampó su firma y se matriculó.

Juan es uno, uno de millones que continúan alimentando a una de Las Bestias… Hasta ayer, sus entrañas las tenía allí, al descubierto sin más, de alimento para la rapiña. Ahora Juan comprendió que ese “dolor” no es ni natural ni sano, y se aburrió. Como Juan hay cientos de Juanes, con los cuales habrá que recuperar la dignidad… para que en el futuro próximo, el trabajo y la vida valgan más que como alimento para las parasitarias instituciones.

Para éste Juan Pérez, la vida no debe seguir así.



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