Vivencial Diego de Almagro


Fotografías por: Gabriela Carrasco

Ha sido algo difícil el comenzar a escribir sobre esto. Pensé hacerlo desde lo general, lo macro, pero ya todos han hablado de eso. El tema está bastante manoseado, ya sea de buena o mala manera. Todos hemos oído, visto y leído sobre la tragedia, la catástrofe en el norte. Miles de imágenes y  crudos relatos que, unidos, observados con verdadera capacidad crítica, vienen a desnudar la precariedad en la que viven la mayoría de los chilenos en este país. Es decir, es obvio, el chileno es un trabajador que no gana lo suficiente, que no tiene capacidad de ahorro, que confunde poder adquisitivo con capacidad (incapacidad en muchos casos) de endeudamiento, el chileno vive a crédito, permanentemente en el mañana. Esta lluvia y el posterior alud, se llevaron lo poco que es cierto en la vida de miles de familias: su techo, sus ropas, sus muebles, únicos elementos tangibles de un patrimonio que ya suele ser exiguo.

 

Se ha hablado mucho sobre esto y repetirlo parece majadero, baladí. Pero debe hacerse. Se debe insistir, se debe abrir los ojos, se debe criticar, hasta que se entienda que, en este país, la verdadera tragedia es la que se esconde en la normalidad y se descubre en la catástrofe. Sólo si comprendemos esto es que podemos intentar relacionarnos con la experiencia de los afectados quienes doblemente fustigados, primero por el orden de cosas imperante y luego por inescrutable designio de la naturaleza, se ven obligados a abrir los ojos y enfrentarse al hecho de que ahora no tienen nada, de que lo conseguido durante vidas de trabajo es, a veces, mera ilusión.

 

Desde mi sitial social, el azote fue distinto, sólo un par de días sin agua, sólo tres días sin luz y aun así creí, ingenuamente, ser una afectada más, ser parte del estrago. Hasta que llegaron las imágenes, tanto las morbosas como las objetivas, provenientes de los pueblos y ciudades afectados y desde ese momento incluso el poder bañarme con agua caliente, poder lavar mi ropa, todas estas cosas se sentían (se sienten aún), como privilegios inmerecidos. Me desesperé un poco. Doné víveres y noté que en ese aspecto hay dos tipos de persona: quien dona porque es su única herramienta de ayuda, y quien lo hace porque con ello cumple el imperativo social de solidaridad que está integrado ya casi a nivel genético en los chilenos, para “quedar tranquilo”[1]

 

Admito haber buscado tranquilidad mental con mi donación, pero no fue suficiente. Subí a las poblaciones de Antofagasta y casi no pude distinguir entre la fragilidad propia y la producida por los aludes. Fui verdaderamente inútil, no estaba preparada para prestar ayuda. Posteriormente, ya más informada, conseguí viajar con un grupo de voluntarios de Fonoaudiología de la UA para “tirar pala” en Taltal. Al llegar se veía una ciudad algo normalizada, había un café abierto y atendiendo, gente tomando helado en las calles. Me pregunté si no se habría exagerado, si los rumores no eran más que eso, hasta que llegamos a la zona que bordea los cerros. Nuevamente los afectados son los mismos. Gente que con esfuerzo ha logrado construir estructuras que no están preparadas para recibir embates tan anómalos, casas de material ligero o una combinación de ellos, de manera tal que en algunas edificaciones sólo quedaban un par de paredes como conmemoración al esfuerzo de una vida entera.

 

[1] No pretendo extenderme sobre este punto, pero creo que esta cualidad del chileno es de cierto modo explotada por un Estado que se demuestra a veces simplemente incapaz de lidiar con las problemáticas de forma más eficaz o que se rehúsa a hacerlo. Ejemplo de ello es que se haya abierto, por iniciativa gubernamental, una cuenta con que enviar ayuda monetaria para afrontar la catástrofe, iniciativas  que se antojan más bien impropias y forman parte de esas rarezas del país, que algunos pueden apoyar o no, como la existencia de la Teletón o la campaña de ayuda para afrontar el terremoto del 2010. Estas iniciativas serían apropiadas en tanto toda ayuda extra es apreciada, pero no debieran, a mi ver, ser orquestadas de forma directa por el gobierno, este debiera prestar a los privados, en tanto actúe en su faz subsidiaria, los canales de comunicación suficientes para que los aportes de ese tipo sean canalizados a través de las distintas instituciones, fundaciones y ONGs ya existentes. Existe una suerte de consenso ciudadano en tanto suficiente sería ya con el pago de impuestos. (https://twitter.com/onemichile/status/581254888614658048/photo/1



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